domingo, 14 de noviembre de 2021

¿Qué fue de los okupas italianos que repartían comida a señoras de clase media?

Así comenzaba un artículo publicado en El Confidencial el 7 de octubre de 2020 titulado “La nueva pobreza italiana: señoras de clase media pidiendo comida a los okupas”: “Hay una pobreza casi transparente que tiene casa, incluso coche, y ropa de marca que va zurciendo. Tiene todo eso y, también, tiene hambre. Porque a algunos la pobreza les cayó sin tiempo de 'desdecorarse'. De improviso, con el empujón de la pandemia, se encontraron un día con sus zapatos de cuero frente al televisor reconociéndose pobres. Y entonces tocó decidir. Primero recortaron los extras, luego algunas cosas básicas pero no esenciales, después el pago de los recibos, uno sí y dos no, para evitar quedarse sin agua, sin luz o sin vivienda, y un día, como si los hubieran parido de nuevo en otra vida, se recortaron su orgullo y se vieron haciendo cola en un centro okupa para recibir comida gratis con la que alicatar el estómago”.

Hace un año, cundía una sensación de fragilidad y miedo en toda Italia. La sociedad del país, como la mundial, se asomaba a un precipicio del que no se veía el fondo. El virus contagiaba muerte y pobreza. El abatimiento social dejaba estampas sorprendentes como aquella de un grupo de okupas que recogían y daban comida a personas de clases “medias”. Quizás por ello —y por aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas cortar...— el artículo tuvo un cierto impacto. Pero muchas veces los grandes titulares se desvanecen, se quedan ahí colgando y poco tiempo después, lo que parece el "apocalipsis" acaba siendo una tormenta pasajera. Así que en El Confidencial hemos decidido regresar a aquel centro okupa en el popular barrio romano de Centocelle a saber qué ha pasado con aquella amenaza de pandemia de miseria.

Javier Brandoli. Roma

"A la gente le da mucha vergüenza pedir alimentos"

En ocasiones, las ausencias ya cuentan algo. Hace un año, las protagonistas del relato eran Ornella y Micaela. Dos mujeres de clase media, ejemplo de las personas que se beneficiaban del programa de recogida y reparto gratuito de comida que realizaba el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) en el Centro Social Okupa de Forte Prenestino. Ellas, además de recibir los productos de supervivencia, colaboraban con el programa de reparto de forma entusiasta. Hoy no hay donde encontrarlas. “Las he llamado varias veces y no me han contestado”, explica Carlos Jaramillo, uno de los responsables del programa de ayuda que un año después sigue al pie del cañón. “Creo que una de ellas encontró trabajo y a la otra hace tiempo que no la veo”.

Pretendíamos que ellas narraran cómo iban sus vidas un año después, pero, por las razones que sean, absolutamente legítimas en todo caso, no han contestado esta vez. Sin embargo, el programa de ayuda se mantiene ampliado a nuevas realidades y adaptado a los nuevos tiempos que no son los mismos, al menos, en la percepción de las personas. "Hasta el verano todo siguió igual, pero en verano notamos que en las personas cambió la percepción del problema. Muchos creen que al acabar las restricciones se acabó la alarma", explica Carlos.

¿Sienten que en este barrio obrero de Roma ha cambiado la situación de emergencia económica? “Lo que advertimos hace un año que iba a pasar está pasando. La emergencia sanitaria se convertirá en una emergencia económica, social. No es pesimismo, es que no veo una señal de ayuda desde los gobiernos a la gente”. ¿Sigue viniendo gente a recibir ayudas? “Sí, pero ahora solo podemos hacer la entrega una vez por semana por logística”. ¿Empeorará la cosa? “Yo creo que ahora viene lo peor. No hay ya más ayudas y el Gobierno ha dado vía libre a que las empresas puedan despedir. Hay mucha necesidad. Si quitan la paga de ciudadanía (ayuda, muy polémica las últimas semanas, que da el Gobierno a personas sin recursos) va a haber graves problemas. Tenemos miedo a que llegue el periodo de austeridad”, opinan los integrantes de GAM.

Javier Brandoli. Roma

Uno de esos endeudados que intenta salir adelante es Mughilan Janakiraman. Él es hoy el sustituto de aquellas Ornella y Micaela como ejemplo de los beneficiarios. Se trata de un inmigrante indio, casado y con una hija que vive en Italia desde hace más de 20 años. Trabajaba como camarero hasta que el covid cerró de golpe toda la restauración y dejó a todos sin salario mínimo y sin propinas. Entonces se puso a trabajar en el mercado en un puesto de venta de frutas y verduras donde le explotaban durante todo el día sin apenas salario. Mughilan fue aprendiendo un nuevo oficio, ganándose la confianza de los clientes y ha decidido abrir su propio puesto de venta de fruta en el que también hace reparto a domicilio de una mozzarella que él mismo trae de la fábrica. Se ha tenido que endeudar para emprender, y para sobrevivir estos meses hasta se creó un Excel donde apuntaba los consumos de comida diarios de toda su familia. “Sin las dos cajas de ayuda semanales del Gam yo y mi familia no hubiéramos sobrevivido. Consumíamos lo mínimo”, reconoce.

Él ahora se ha involucrado también en el programa por agradecimiento. "Ya no me llevo cajas de ayuda porque creo que hay personas que lo necesitan hoy más que yo, pero ayudo a recoger alimentos y a distribuirlos. En todo caso, esto es más que dar comida. Damos pañales, compresas, productos de limpieza y también una compañía que muchas personas necesitan", señala.

Distribución de alimentos por parte del Grupo de Apoyo Mutuo en Roma. (Cedida)Distribución de alimentos por parte del Grupo de Apoyo Mutuo en Roma. (Cedida) Distribución de alimentos por parte del Grupo de Apoyo Mutuo en Roma. (Cedida)

“El otro día dos mujeres mayores en el mercado me dijeron que no se llevaban la caja porque habría personas que lo necesitaban más. Se les veía que no tenían nada y las convencí de que se las llevaran. Les daba vergüenza reconocerse pobres”, explica Laura, una de las miembros del Forte Prenestino que colabora con el programa. “A la gente le da mucha vergüenza pedir alimentos”, apunta un Carlos al que preguntamos si hay más mujeres u hombres que vienen a pedir la ayuda. El año pasado, cuando estuvimos aquí viendo el reparto, la casi totalidad de las personas que venían a por las cajas eran mujeres. “Diría que es un 60% mujeres y un 40% hombres”, responde.

Ahora, también test covid gratuitos

Se han producido cambios importantes en el programa. Se han reducido los días de distribución de alimentos semanales y los puntos de entrega porque faltan manos. “Ahora repartimos los alimentos solo los sábados en Iris, el mercado del barrio. No tenemos más capacidad. Eso hace que algunas personas ya no vengan. Las personas no se desplazan para recibir las cajas”, explica Carlos.

Pero hay además novedades adaptadas a las nuevas necesidades. “Hemos abierto un programa para realizar gratis pruebas del covid a los vecinos. Nos ayudan altruistamente sanitarios y nosotros nos hemos formado con gente de un centro okupa de Milán que colabora con una ONG médica. No sirve como 'Green Pass', pero permite que personas que no pueden pagar el test sepan si están enfermos”, explica Carlos. ¿Vosotros colaboráis con alguna ONG? “Nosotros colaboramos con Sant’Egidio (una comunidad católica que, junto a Caritas, es la principal asociación de ayuda a desfavorecidos en Roma).

Además, la GAM pretende crear puntos fijos para esas ayudas. “Queremos aquí en Forte Prenestino crear un espacio fijo para entregar alimentos, hacer una pequeña clínica gratuita para tratar a los vecinos y ampliar nuestro programa de préstamo de libros e intercambio de ropa”.

Javier G. Jorrín

La nueva y más vulnerable pobreza

Centocelle es el reflejo de una realidad social algo difuminada por el espejismo de una recuperada libertad y de unas ayudas gubernamentales que a duras penas han mantenido un barco a flote por el que entraba y entra agua por todas.

No todos creen que la paga por inactividad ('cassa integrazione') ni la prohibición de despidos haya sido un éxito. “No creo que haya habido una implicación real del Gobierno. Yo no podía trabajar por las restricciones y recibía durante la pandemia la paga una vez cada cuatro meses. Debo ahora 9.000 euros aún que pedí prestados para montar mi nuevo negocio. Conozco a mi alrededor mucha gente así. La quiebra de las familias va a suceder ahora”, señala Mughilan.

Hay varios informes de la pobreza en Roma que invitan a un cierto pesimismo. Uno, de más de 600 páginas elaborado por el anterior gobierno capitalino de la alcaldesa Virginia Raggi y titulado “La nueva pobreza en el territorio de Roma”, señala el agravante que ha sido el covid a las situaciones de vulnerabilidad. El documento habla de esa nueva pobreza que, señala el estudio, “ha lidiado peor que la vieja pobreza con la pandemia”.

El 75% de los solicitantes del programa de asistencia que ha dado la ciudad de Roma nunca había solicitado ayudas anteriormente

¿Por qué los nuevos pobres han tenido más dificultades? Parece que por la misma razón que señalan los integrantes del GAM que llevan un año dando comida a sus vecinos: la vergüenza de reconocerse por primera vez pobre y su falta de costumbre a la hora de moverse en el campo de las ayudas. “Faltaba capacidad de orientación en aquellos que nunca habían sido pobres en el pasado y que se encontraron por primera vez en condiciones de privación económica. Personas que, con menos conocimiento de la red de ayuda disponible por las instituciones, tuvieron que lidiar con un estado de ánimo a menudo de vergüenza y una sensación de incomodidad por tener que salir a pedir ayuda”, señala en sus conclusiones el estudio. De hecho, en el mismo se indica que el 75% de los solicitantes del programa de asistencia que ha dado la ciudad de Roma para poder hacer la compra básica nunca había solicitado ayudas anteriormente.

Reconocerse pobre y afrontar esa pobreza son dos de los retos que enfrentan los ciudadanos. Dos tercios de los actuales benefactores de las ayudas municipales creen que en los siguientes meses seguirán necesitándola. Ante la pregunta de cuál es la sensación que les ha producido pedir asistencia, un 43% afirmó que malestar, un 20% vergüenza y un 15% rabia. Solo el 17% dijo que le producía, por encima de todo, gratitud. Y un 10% habló de alivio.

La nueva pobreza que enfrentan miles de familias italianas requiere el paso previo de reconocerla y luego convertirla en un "oficio". Oficio entendido como una situación diaria en la que hay que aprender a sobrevivir y olvidar de golpe una vida anterior en la que uno podía ir a cenar fuera o comprar ropa no imprescindible. El primer paso es ponerse, valga como ejemplo de diversas opciones, a la cola de un centro okupa, que quizá antes uno criticaba o veía con recelo, a pedir comida. Eso, tan singular, tan de alguna manera casi paradójico, sigue ocurriendo.



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