domingo, 28 de noviembre de 2021

Por qué el ser humano no podrá descubrir civilizaciones extraterrestres

Los seres humanos no podremos detectar civilizaciones extraterrestres a no ser que éstas contacten primero. Estamos demasiado influenciados por nuestro antropocentrismo y el ombliguismo de nuestro limitado conocimiento científico como para poder encontrar la evidencia por nosotros mismos. Esto sólo cambiará cuando lleguen los científicos sintéticos: inteligencias artificiales cuyo único propósito sea el análisis de una cantidad ingente de datos que lleven a explicaciones que no estén lastradas por la natural parcialidad humana.

Omar Kardoudi

Ésa es la tésis del influyente y a veces polémico físico de origen israelí Avi Loeb, cabeza del comité de física y astronomía de las academias nacionales norteamericanas. El científico — que publicó la teoría sobre el posible origen alienígena de ‘Oumuamua, el primer objeto interestelar descubierto en nuestro sistema solar — coincide con el legendario Carl Sagan en su diagnóstico sobre el ser humano en general y los científicos en particular: a pesar de las múltiples degradaciones a las que nos han sometido nuestros sucesivos descubrimientos sobre el cosmos, en el fondo seguimos creyéndonos el centro del universo.

Individualmente, todos — incluso gente como el propio Sagan o Loeb o el propio Socrates y su “sólo sé que no sé nada” — tendemos a ser egocéntricos y, aunque sea involuntariamente. Damos más peso a nuestras ideas preconcebidas que al hecho fundamental de la experiencia humana: ignoramos todavía el funcionamiento, origen y naturaleza del 99.99% del cosmos.

La polémica de ‘Oumuamua

Loeb habla desde la experiencia del propio caso ‘Oumuamua. Describe acertadamente cómo los astrónomos prefirieron imaginar hipotéticos objetos naturales nunca observados, probados o detectados con anterioridad — como icebergs exóticos hechos de hidrógeno y nitrógeno puros — que plantear la mera posibilidad de que ‘Oumuamua podría ser un objeto tecnológico fabricado por una civilización extraterrestre. Loeb no afirmaba ni afrima que lo sea, pero en respuesta publicó otro artículo en el que demostraba que el resto de explicaciones no explican el comportamiento de este objeto, sea lo que sea.

Un concepto de lo que podría ser 'OumuamuaUn concepto de lo que podría ser 'Oumuamua Un concepto de lo que podría ser 'Oumuamua

Para él, como para Sagan, una afirmación extraordinaria requiere pruebas extraordinarias. Pero esto se debe aplicar igual a la hipótesis de que ‘Oumuamua puede ser un objeto de origen extraterrestre como a la hipótesis de que ‘Oumuamua puede ser un fenómeno natural tan extraordinario que nunca antes se ha observado. Sobre todo cuando esto último no responde a algunos de los datos observados.

Este pensamiento resulta aún más relevante cuando, tiempo después de la detección de ‘Oumuamua, se detectó otro objeto (denominado 2020 SO) que presentaba el mismo comportamiento que el primero y, gracias al análisis de datos, se descubrió que era una fase de un cohete de la NASA lanzado en 1966. Aunque eso no demuestra en absoluto que 'Oumuamua sea una nave alienígena, sí deja la puerta abierta a que sea un objeto artificial. O no.

Un nuevo renacimiento

La explicación de nuestras anteojeras científicas y vitales, postula Loeb, está en nuestro ego. Nos creemos superiores “a los otros”, sea quien sea: animales, vegetales, microbios e incluso otros miembros de nuestra misma especie, afirma. Somos el pináculo del universo porque hemos descubierto el bosón de Higgs e inventado el iPhone aunque no tengamos ni puñetera idea de cómo empezar a explicar múltiples observaciones sobre la gravedad, la expansión del universo o cómo narices encaja la teoría de la relatividad dentro de la física cuántica.

En el fondo, añade, el creciente interés en la búsqueda de vida en el sistema solar — representados sobre todo por los programas de la NASA — utilizan exclusivamente parámetros diseñados para detectar muestras de vida inferior porque es lo que resulta cómodo a los científicos. Es lo que conocen. A unos porque sostiene inconscientemente esa sensación de superioridad innata aunque tengan la constancia de que no somos el centro de nada y que apenas unos pocos accidentes genéticos nos separan de primates, cerdos o levaduras. Y a otros, afirma, porque tienen miedo a escribir fuera de los renglones y convertirse en parias, como decía hace poco este artículo del Smithsonian.

El físico israelí afincado en EEUU Avi LoebEl físico israelí afincado en EEUU Avi Loeb El físico israelí afincado en EEUU Avi Loeb

Loeb — que es parte del Proyecto Galileo para reunir datos e intentar detectar potenciales muestras de tecnología extraterrestre en objetos que pueden proceder de fuera de nuestro sistema solar — afirma que en el fondo nadie quiere enfrentarse a un descubrimiento que sería aún más humillante que el giro copernicano que nos desplazó de ser el centro de la creación a ser poco menos que una ameba flotando en un extremo irrelevante de una galaxia tan basta que no podemos comprender pero insignificante comparada con la magnitud del cosmos.

Jesús Díaz

Y ahí es, dice, donde entra la inteligencia artificial. Loeb está convencido de que la gran revolución científica está en marcha. Pronto llegará a la física y a la astronomía: científicos sintéticos que — libres de los naturales prejuicios humanos, de miedo profesional o la necesidad de pesebres institucionales — sean capaces de analizar cantidades ingentes de datos para llegar a conclusiones sin ataduras para, por primera vez, ofrecernos una “visión sobria de nuestro barrio cósmico, una ante la que los científicos humanos prefieren mantenerse ciegos”.

No le falta razón. La inteligencia artificial – que la mayoría de los humanos nos empeñamos en empequeñecer e ignorar — ya se está aplicando en otros campos como la medicina. Los descubrimientos están siendo realmente asombrosos y el salto tecnológico y del conocimiento que se avecina sobrepasará a cualquier otro en la historia de la civilización. Y con ella, aventura Loeb, descubriremos que hay otras civilizaciones que saben muchísimo más que nosotros.



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